La Realidad De Los Supermercados

No recuerdo la primera vez que pisé un supermercado, pero esta noche me invade una decena de preguntas: ¿Sería yo un bebé la primera vez que ingresé a uno? ¿Qué fue lo primero que compré? ¿En qué momento, después de recorrer infinitamente sus pasillos y de cientos de regaños de mi madre aprendí a identificar el cilantro del perejil?

Siempre pensé que había algo mágico en los supermercados, que no solamente se trataba de un lugar en dónde abastecerse de productos “básicos e indispensables” para la supervivencia humana; sino también un sitio en donde los niños pueden jugar a ser adultos, el lugar en donde las primeras experiencias reales de la vida les alcanzan: El valor del dinero y cómo es necesario conocerlo para lograr su intercambio justo al obtener un producto; por que, siendo honestos, los ejercicios matemáticos en las aulas no son muy realistas ¿Quién creería que “Juan Pérez” compró 20 sandías con $50 pesos y aún espera recibir su “vuelto”? Nadie y mucho menos con la economía actual. Pero, así como un niño en edad escolar es capaz de creerse tales problemas, con esa inocencia solemos cruzar sus puertas y adquirir cualquier cosa que los encargados de marketing y logística nos brindan.

Hoy no fue un día cualquiera, puesto que por primera vez fui capaz de develar mi vista a la cruda y azucarada realidad de un supermercado:
Al ingresar se encuentra el producto comestible de temporada, Para el momento en que escribo esto fue “Pan de muerto”; inmediatamente se encuentran los utensilios de cocina tales como vasos, platos, tuppers, mandiles, manteles, cucharas, cuchillos, tenedores… Después, porque nuestros encargados de marketing saben como engancharnos con la comida, nos guían hacia el área de “tecnología” mediante un pasillo bordeado de golosinas y sodas, una sutil invitación a degustarlos mientras miras la pantalla con un precio estratosférico que desangrará tu sueldo los siguientes 3, 6 o 12 meses, y ¿por qué no? Podría llevarse esa gaseosa sabor cola de 3 Lt. Que degustará en unos minutos con su comida, para el ama de casa un pan con exceso de azúcar que no solo quedará en sus caderas sino que se verá reflejado en sus triglicéridos, para los niños unos deliciosos dulces, tal vez gomitas azucaradas porque no es suficiente el azúcar que ya contienen, quizá unas galletas con doble cobertura de chocolate porque con el relleno no es suficiente, cereales con sombras y figuras de tiernos animales antropomórficos que mediante engaños te aseguran que para cubrir estándares de belleza humanos es necesario que consumas su producto, o quizá te puedas dejar convencer por un tierno patito que te pide que le recuerdes mientras consumes el cremoso interior del producto que promociona, puesto que no hay nada mejor que aludir a los recuerdos de otra época para seguir enganchando nuevas generaciones y siguiendo el tema generacional ¿Por qué no añadir al carrito un chocolate caliente para el frío otoñal? uno con la cara de una dulce ancianita que tras su sonrisa afable esconde el secreto de que, la diabetes viene dentro de una tablilla…

«Hada de Azúcar» by Chica Existencialista

¡BOOM! El hada del azúcar de Tschaikovsky se hizo presente y cubrió el lugar con su adictivo polvo blanco, siendo yo, entre los presentes quien fue capaz de vislumbrarle y reflexionar sobre ella, mi actual condición y la adicción que ha generado no solo en mí sino en los más de 12.8 millones de Mexicanos que viven bajo sus encantos y llegando a la conclusíon que nos deja no solo ella sino el consumismo, el marketing e inclusive, me atrevo a decir que los “valores familiares”:

¿Seré un loco por despertar de su hechizo y vislumbrar un mejor estilo de vida? O acaso, simplemente…¿Estoy perdiéndome la vida por querer vivirla?

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